Mi Ucrania by Victoria Belim

Mi Ucrania by Victoria Belim

autor:Victoria Belim [Belim, Victoria]
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Crónica, Historia, Memorias, Política
editor: ePubLibre
publicado: 2022-10-01T00:00:00+00:00


* * *

«Acaba de pasar algo horrible en Ucrania», decía el mensaje de mi madre. Con los dedos entumecidos, tecleé «Ucrania» en Google y pulsé la pestaña de noticias. Al principio no entendí nada. Un avión. Humo. Una colisión. Vídeos grabados por transeúntes de unos cuerpos carbonizados en los campos de girasoles. Hacía apenas unas semanas que había abandonado el país, tras despedirme de Valentina y prometerle que volvería en septiembre, tan pronto como gestionara mi visado ucraniano. Los árboles de nuestro huerto se doblaban hasta el suelo bajo el peso de sus frutos, y las rosas impregnaban el aire con una intensa fragancia de miel derretida. Me sentía incapaz de asociar la Ucrania que había dejado atrás con aquellas macabras imágenes de las noticias.

«El vuelo MH17, en ruta de Ámsterdam a Kuala Lumpur, sobrevolaba este 17 de julio una zona conflictiva en territorio ucraniano cuando desapareció del radar. A bordo viajaban un total de 283 pasajeros, entre ellos ochenta menores y quince miembros de la tripulación».

Telefoneé a Valentina, que estaba viendo las noticias. Intercambiamos solo unas pocas palabras, y entonces su voz sonó débil y distante, como si estuviera en otro planeta, uno en que los aviones se precipitan desde el cielo y la gente muere en los campos de girasoles. Volví a marcar su número una y otra vez, pero las líneas se habían colapsado. Estaba sola en mi apartamento de Bruselas. Reinaba un silencio denso, interrumpido a ratos por el suave zumbido del aire acondicionado. Sentada en el suelo del dormitorio, miré distraída una fotografía en blanco y negro de Asia que teníamos en la repisa de la chimenea. Mi bisabuela llevaba a Valentina en brazos, y ambas lucían un sombrero estiloso y una expresión circunspecta. La foto había sido tomada poco después del estallido de la Segunda Guerra Mundial. La torre de comunicaciones de Bruselas, visible desde nuestro dormitorio, emitía como siempre destellos rojos y azules, pero aquel día infundían una sensación lúgubre y funesta. Al final de la calle, en las oficinas de la Unión Europa, debía de estar redactándose otro comunicado cargado de «preocupación e inquietud» en respuesta a la tragedia.

El móvil sonó y me arrancó de mis ensoñaciones. Al otro lado de la línea estaba mi madre, que me hablaba tan deprisa que apenas lograba entenderla.

—¿Te has enterado de lo que ha dicho el representante del comité parlamentario ruso? ¡Que ha sido un complot norteamericano!

Al final conseguí colar una frase en aquel torrente de palabras:

—Mamá, deja de mirar los informativos rusos.

—Pero tengo que intentar averiguar qué piensa él —⁠repuso mi madre con tono de estratega política. Nadie podía adivinar qué le pasaba a Putin por la cabeza, y ante la idea de que mamá tratase de decodificarlo viendo las noticias rusas me entró la risa⁠—. Así está mejor —⁠comentó⁠—. Cuando has respondido al teléfono, tenías una voz inexpresiva que daba miedo. No debemos de perder el coraje.

A medida que julio iba cediendo paso a agosto, los combates en Ucrania se intensificaron, y yo no fui capaz de seguir manteniendo el coraje.



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